Desde la naturaleza

Jorge Mora

Fue una mañana soleada de mayo. La Laguna como siempre bañada de ese frescor que a los que no somos autóctonos se nos suele colar por los huesos. Había quedado con mi amiga Vicky Pérez en alguna plaza próxima a La Concepción para llegar juntos a la casa-estudio de Cristina Gámez y Tahiche Díaz. En muy poco tiempo (el que puede haber desde un “buenos días, es un placer conocerlos…” y una conversación un tanto abreviada hasta el interior del recinto), pasé apenas del jardín y sus predios a entrar en otra dimensión. De pronto, me vi rodeado de enseres artesanos, telares, atriles cargados de bocetos, buriles hipocráticos y un montón de artilugios extraídos de los que parecían ser sus únicos escenarios posibles. El estudio de Cristina y Tahiche es un habitáculo hecho a la medida y voluntad de dos artistas con trabajos muy personales. Trabajos abordados de modo diferente pero de algún modo, tácito o vivencialmente acordado en análogas conclusiones.

El proceso de creación, que tanto asustaba a Marcel Duchamp por su matiz teísta, se exhibía en el estudio en todo su esplendor. Por un momento estaban ante mi todos los procesos de una misma obra (dejando los mentales a un lado por intangibles) como si fueran fotogramas que ordenadamente añadieran un significado y un por qué a todo lo que me llenaba la vista. Ahí se estaba trabajando continuamente, no cabría ninguna duda. Una obra próxima a su conclusión se hallaba sobre el mesón muy cerca de su esbozo sobre el papel. Justo al otro lado, colgada de la pared, otra pieza hermana de la primera se nos dirigía ya en su lenguaje definitivo.

Atendiendo al origen de la palabra arte que como me han enseñado podría provenir del sánscrito y significa hacer; artesano entonces vendría a ser hacedor aunque se le haya restado tanto derecho y categoría a esta denominación. Cristina y Tahiche son en síntesis artesanos. Dos artistas con unas dotes poco comunes para el barro y la tela. Un ceramista y una tejedora que pululan ingrávidos por un atelier por el que a veces sin más desaparecen; dejándome dueño de husmear por los rincones diáfanos, repletos de obras y papelitos con reseñas literarias, títulos en uso, trabajos de otros catálogos y libros semiabiertos. Todo mezclado de retazos, pigmentos, urdimbres y barro.

La metáfora como función creadora del artista ahonda en significados y contempla siempre la voluntad del hombre que la usa más allá de cualquier figuración. Toca en nosotros las teclas que hacen aflorar un deseo irreprimible de untarse de tanto que emana y evoca. Por eso ambos casi al unísono, en su particular consenso de miradas me dijeron: “Pliegues y Parábolas” y no había sino que alzar un poco la vista para constatar a quién correspondían los unos y las otras.

Pliegues

“Cuerpo que pasas con el tiempo dentro, henchido de horas en las venas, incontables minutos llenándote las manos para asir tu deseo” El ánfora, Eugenio Montejo

Según el mito griego, tres diosas hermanas veneradas desde mucho antes que al propio Zeus, se dedican a hilar y tejer el destino de los hombres desde su nacimiento, son las Moiras. La menor de ellas, Cloto, está presente en el momento del nacimiento y es la que lleva los ovillos de lana con los que se va hilando; dorada y blanca para los momentos de felicidad y negra para los momentos de dolor. Láquesis, la hermana mediana, es la encargada de la rueca, de ir enrollando perfectamente ese hilo en el devenir de la vida del individuo hasta que la mayor, átropos, corta con sus tijeras de oro el hilo, marcando su inexorable muerte.

La vida del hombre y la historia del tejido van unidas en una antiquísima metáfora artesana ligada a nuestro ser social y al origen psicológico del vestido. Tejer es un acto de la naturaleza y de la naturaleza del hombre, como tantos otros que reproducimos de ella en infinitas escalas. No es casualidad que lo textil se encuentre íntimamente vinculado a la mujer, no por oficio como podríamos pensar (esta imagen es mas bien un aspecto cultural), sino por naturaleza. Lo femenino es generador de vida. El mismo mito de lo femenino por el cual desde las culturas más primitivas se ha sentido miedo o atracción, está estrechamente relacionado con la capacidad natural de la mujer de tejer vida. La naturaleza es una mujer de inconmensurables proporciones y mismos atributos.

Los Pliegues de Cristina son tejidos que se hilan, como el mito, en una dinámica de tres movimientos de un compás. Son telas que se desbordan de su utilidad en busca de sus dimensiones posibles. Sus inquietudes de trama son el ritmo y el patrón sobre los que la artista se reconoce y cavila. Una pauta que nace del interior y se propaga hasta la cadencia de la máquina. Los Pliegues al final del camino habrán sido tocados por la memoria al quedar impresos en ellos el cómo fueron en algún momento. Un proceso que tiene mucho en común con la naturaleza de las experiencias. Habría que acotar que la memoria en este caso es un producto inevitable del proceso y no la primera intención.

El primer movimiento nos traslada a la figura de la tejedora, a la hilandera. La artista se recoge en un mundo de acciones que dan a luz una trama. La manualidad como principio transformador es el nacimiento de las posteriores intenciones artísticas. El arte nace rara vez del azar y del amontonamiento casual; se apoya en las capacidades manuales y mentales del artista. Entonces, ¿el razonamiento abstracto que existe entre la artista y su trabajo toma posesión del tejido?: sí, y en ese devenir, sorprendentemente relacionado con el orden de las cosas, proporciona un compás a modo de damero de lo posible. El segundo movimiento desentierra los versos secretos del hilado. El uso y el abandono nada fortuito de la tela fabricada provocan un cierto caos físico que altera la forma en que ésta salió de la artista. Surge la memoria en la prenda. Cada arruga de un roce, cada pliegue producto de una alteración que las manos practican a la urdimbre generan una experiencia y un patrón, convirtiéndola en protagonista de un espacio evocador.

La trama como eje central y debilidad académica de Cristina se recoge y toma su fuerza en los pliegues. Del desorden vinculante que hay en éstos surge clara la idea básica de este trabajo. El tercer movimiento genera los esquemas que, como si fueran experiencias, quedan indelebles y sin retorno en una instantánea con cierto aire brujo. Es ahora cuando la artista que ya ha sido Cloto y Láquesis de su propia obra, la que corta el hilo. No para dejarla muerta en ese lenguaje cojo y mudo del desorden de un objeto-concepto, sino para volver a darle vida en una segunda oportunidad.

En su “nueva vida”, el tejido cumple un designio cargado de lirismo que, ignoraba le estuviera escrito. Ciñéndose a un bastidor como límite inteligible de su renovada esencia, se convierte en lienzo. Llevará impresa la impronta de lo que fue, como una perspectiva, una imagen que queda de esta memoria que acordamos era residual. La artista, desde su naturaleza, hila y dibuja nuevamente la vida a pliegues. A conciencia de que estos y aquellos pliegues son los mismos y que fueron pliegues desde el principio. La simetría y el esquema seccional que emanaron de la confrontación de los pliegues por la manipulación digital, hacen ahora surgir del lienzo presencias intrigantes, sutiles, etéreas y muy insinuantes. Llegó la hora, la trama se confiesa desnuda y abierta en un espacio extendido que lo contuvo todo; y el suyo, en este momento, es un susurro de la condición, del tiempo y del anhelo. A sabiendas de que más importante es el Hacer, que lo hecho.

El hacer de la artista ha bordado un lienzo esculpido luego a lápiz y pincel. Una sábana vertiginosa de vaivenes y placeres, una impronta de algo que sensiblemente ocurrió. Los pliegues nos hablan de la vida y de las sensaciones desde el territorio de lo visual y táctil. El sentido artístico está en el proceso generador de las obras. La metáfora es el espejo que nos ofrece de la vida. No podemos despegar la vista del brillo de las cimas ni de lo oscuro de los abismos de estos pliegues sin percatarnos de lo perpetuo de la naturaleza y de lo eterno femenino. Ambas llevan la vida y el movimiento en un patrón de equilibrio. Pliegues apegados a una regla no escrita, cargados como la mujer, de reflexiones y pasión.

Parábolas

“las ciudades, como los sueños, están construidos de deseos y de miedos” Italo Calvino

Estamos frente a veintiocho instantes sutiles y constantes de la mente. Veintiocho figuraciones de la continuidad y alojamiento del pensamiento, donde lo representado son unas posibles arquitecturas domesticas del ideario humano. Por medio de una historia, o mejor dicho, de una escena, se hace alusión a una palabra que como es menester no está escrita. La escena le da sentido a la parábola pero recibimos de ella tan solo la primera letra grabada en sus dos formas (mayúscula y minúscula) queriendo quizás con ello recordar que lo que Es lo Es en su principio, en su contexto (y si lo hay) en su final, según recoge el Tao.

Por su tamaño de relicarios solicitan el acercamiento físico del observador y de un juego con la cabeza de arriba abajo y de izquierda a derecha a modo de escrutinio. Lo primero que viene a la mente contemplando este alfabeto escogido es lo escenográfico y por momentos lo teatral. Las posturas de los personajes, la disposición y el porqué de los elementos de atrezzo. Quizás podrían haber estado asistidos de una conversación en “off”, pero se nos presentan en una actitud de soliloquios mudos donde el poder de la escena habla desde el silencio estático, o mejor dicho, desde el movimiento congelado de los personajes, a través del número y género de los elementos del decorado, hasta el por qué de ese instante escogido sin ningún azar. Sería, por buscarle similitud, como asistir a un puñado de teatros, a funciones de un solo acto, sin movimiento aparente, donde se nos dice todo diciendo nada.

En Tahiche la cerámica como arte abandona su eco rudimentario y su estigma moderno industrial. Desde sus cuadernos elaborados casi como un apostolado, el alquimista conoce de los tiempos y de los signos que son de su oficio. Sabe y siente por algo más que obligación los elementos que tiene en la mano para mostrarnos lo que lleva en su interior. La tierra que con el agua forma el barro. Acto seguido el tiempo, el preciso para que el aire dé la consistencia y sea intervenido. El fuego para hacer de piedra todo aquello y el soplo humano del mensaje en el resultado. Cuatro elementos que modelan la metáfora de la vida, constatando que el aprendizaje de nuestras emociones sufre un proceso similar.

Como una constante en casi toda su obra personal, la cerámica queda deliberadamente desnuda de color. El blanco domina la pieza no como parte del lenguaje del sueño ni como estructura para las figuraciones, sino como la pátina exacta para la búsqueda de la claridad del relato y quizás también porque las ideas llegadas de nuestro más profundo imaginario tienen un color vago e impreciso que incluso varía en cada quién. En todo caso es un blanco apolíneo, Tahiche lo imprime a la obra no sin un cierto aire a oráculo de la sensación de lo que puede ser vivido.

Nos referimos a espacios interiores. Una suerte de moradas, elaboradas con una premeditada aproximación a lo arquitectónico. No es coincidencia que algo nos haga asociar temporalmente a la escultura , como expresión artística, con la arquitectura. De ahí que podamos establecer algunas veces cierta simbiosis de pensamiento entre el arquitecto y el escultor. Así, como para el arquitecto Alberto Kalach lo tridimensional surte de un espacio elemental, ambiental y armónico para el hombre que ha de habitar ese espacio amplio, cotidiano y exterior; para Tahiche, este conjunto de apariencias y contenido de la estructura tridimensional es generador de sus escenarios, que parten también desde lo íntimo hacia lo externo. Son las ideas y las sensaciones las que necesitan generarse un espacio legible para convivir en nuestro imaginario. Esto es clave para que la colección alcance el valor deseado de estancia; y más concretamente (dentro de lo ilusionista), de habitáculos cotidianos de las ideas. Hay que recordar que la estructura de los conceptos en gran parte de la naturaleza de la obra de Tahiche, transita por el uso y comprensión de los espacios físicos y mentales. El camino, como viaje o traslado mental está implícito en nuestra percepción de las parábolas, bien por el recorrido virtual de los personajes o por la sensación de circuito cerrado. El anhelo, el vértigo, la furia, el rechazo o la ingravidez onírica latentes en las piezas están imbuidos en moradas casi tangibles que pertenecen no obstante al ámbito de nuestros sueños, de nuestra percepción y de nuestro estadio inconsciente.

Las Parábolas de Tahiche son escenas colmadas de alegorías. Contienen trasladados a la escultura los valores pictóricos de los planos y de los horizontes sin las restricciones de lo bidimensional. Se puede abarcar con la vista cualquier ángulo. El artista reconoce un gusto por los clásicos, especialmente por la perspectiva ilusionista barroca presente en los grupos humanos y/o de animales y en las fabricaciones heredadas de la pintura del barroco y del romanticismo. Esto nos recuerda una cita de Calinescu: “la modernidad es un enano a lomos de un gigante” (la tradición). En estas parábolas tan contemporáneas el ideario es tradicional y temporal. La experiencia (a veces bizarra), nos recuerda a un Goya cargado de detalles desgarradores, lúdicos y hasta irónicamente brutales con el entendimiento de lo humano y de su finitud. Las situaciones y costumbrismos de Louis David y las claras alusiones al teatro, ampliamente visual desde el siglo XVII, sirven al artista de gigante, aunque luego se desase la temática mitológica de aquella época, en busca de un vocabulario actual.

Las parábolas de Tahiche celebran los ritos mediante los cuales asumimos las ideas. Ritualmente inventamos escenas que den cobijo a nuestras emociones. Quizá por eso, sentimos tan íntimas y colectivas las sensaciones que tenemos de esas estancias. Cada época a creído que su arte propuso el modelo último y perfecto para expresar por medio de la imagen aquello que las palabras por sí mismas nunca antes pudieron. Y sin embargo, la universalidad es la que siempre ha estado ahí, bebiendo de la tradición, anticipándose a la conclusión de que el alma del hombre y del arte es la misma en toda la historia. Y precisamente por eso, ni una imagen, ni una parábola lo son del todo, si no adquieren su fuerza y su sentido pleno de la universalidad de su mensaje.